domingo, 26 de febrero de 2006

Los Nombres

Una visita a los tuneles del infierno

 

 Temprano en la ma챰ana, cuando recien Saigon despierta y las mujeres comienzan a poner las mesitas en las veredas y los peque챰os pisos de plastico alrededor para servir las sopas del desayuno, caminamos lentamente hacia el mercado central Ben

 Thanh. Nos detenemos en un puesto de Ban Mi, los sandwich en pan frances. Pedimos dos para el viaje y seguimos hacia el terminal de buses, frente al mercado. Ubicamos el bus hacia Cu Chi y con suerte tenemos dos asientos juntos. Apenas nos ubicamos los pasajeros comienzan a mirarme con curiosidad e impertinencia. Los turistas extranjeros no acostumbran tomar buses de recorrido regular y menos a las 6 y media de la ma챰ana. El viaje dura una hora y solo para salir de Saigon se ocupa media hora sorteando los miles de motocicletas. El sonido de la bocina nos acompa챰ara todo el viaje. Unas paradas mas adelante suben vendedores de todo tipo. Kim hace unas preguntas a uno y compra un paquete envuelto en hojas de maiz . Son dos choclos cocidos; le pregunto para que compra choclos si llevamos dos tremendos sanguchotes. Ella sonrie y me ofrece uno.  No acepto el choclo y ataco el sanguchote con pate, jamon, pepino, aji y hierbas de menta y cilantro, todo ali챰ado con salsa de soya.  En el asiento de adelante va un matrimonio joven con un ni챰o de unos meses de edad. Me sonrien con simpatia y la mujer no resiste y pregunta a Kim de donde soy y adonde vamos.

Llegamos a Cu Chi a las 8 de la ma챰ana y antes de bajar del bus nos asaltan tres o cuatro individuos que nos ofrecen motocicleta a los tuneles.  Recien me doy cuenta que los tuneles estan a 25 kilometros de distancia y estamos a merced de estos pilotos de motocicletas que estan dispuestos a hacerse el dia con nosotros; cobran 100.000 dong por cada uno. Por ese precio nos vamos en taxi, les digo y trato de alejarme, pero los asaltantes no aflojan, rodean a Kim y no la dejan caminar.  Por ahi aparece uno de los pasajeros del bus y nos rescata y  dice que hay buses hasta los tuneles por 2.000 dong. Los pilotos lo insultan y lo retan por arruinarles el negocio y nosotros seguimos a nuestro salvador y subimos a un bus que esta casi lleno de mujeres con canastos; unas venden gorros con marcas Gucci o Versace. Otras venden frutas, mas sanguches.  Al fin partimos; salimos del pueblo y el bus dobla a la derecha por un camino estrecho, pavimentado y casi solitario. Cuando viene un vehiculo en sentido contrario, el bus debe salir a la berma y se cruzan con saludos y bocinazos.

Antes de la intervencion norteamericana e incluso durante la guerra con los franceses, Cu Chi era un pueblo del paraiso. Ubicado cerca de Saigon y a las orillas del rio, era lugar obligado para descansar, para hacer picnics, tener casas de campo, huir de los ruidos de la gran ciudad. Aun hoy, observo junto al camino las antiguas casas, algunas con pinta de viejas mansiones, rodeadas de arboledas, frutos,  y jardines. A la manera  vietnamita, todas las casas estan con las puertas abiertas de par en par, se observan los altares budistas en cada casa, algunos animales en el campo y las hamacas junto a los porticos y bajo los arboles. Cuesta imaginarse que estamos a minutos de los escenarios mas escalofriantes de la guerra de Vietnam. Faltan 6 kilometros para llegar y Kim me mira nerviosa.  Hasta la noche anterior, ella no sabia que vendriamos aqui y solo le dije esta ma챰ana. Al principio se entusiasmo harto con el viaje, nunca ha estado aqui y un dia fuera de Saigon y en el campo resulta atractivo. Ahora sin embargo ha leido letreros y anuncios en el camino, escuchado comentarios en el bus y me pregunta si se bien donde vamos a llegar. Le digo que si, que no se preocupe, que todo estara bien.

Sin embargo, yo mismo presiento algo diferente al fondo del paisaje. Las parcelas comienzan a desaparecer y se vislumbra el bosque interminable, un verdor oscuro esta al frente y tras doblar una esquina en el camino veo un letrero en Vietnamita y en Ingles: Tuneles de Cu Chi.

El bus se detiene en un estacionamineto abierto, frente a una construccion rustica de informaciones, venta de entradas y souvenirs. Nos bajamos y vamos hacia la caseta rodeada de militares y en ese momento vemos hacia el costado un camino rodeado de bellos jardines. Al fondo del camino, a unos 300 metros hay unas cosntrucciones de bella arquitectura vietnamita, es como una inmensa Pagoda con varios porticos; a la izquierda hay una torre de unos 10 pisos, tambien decorada con dragones, jardines alrededor y mas porticos. Las pocas personas que caminan hacia la construccion lo hacen en silencio, se detienen en los porticos, leen las inscripciones y siguen caminando en silencio. Yo tomo a Kim de un brazo, le muestro el fondo del camino y juntos caminamos por el sendero de arcilla, subimos algunos escalones; yo tomo algunas fotografias y seguimos caminando en silencio.  Al fin estamos casi por llegar y levantamos la vista. Estamos en las puertas del Memorial a los Caidos de la Guerra de Vietnam. Unas pocas personas estan bajo los inmenso corredores con altas columnas. La construccion parece una inmensa casa colonial espa챰ola pero con dragones en las puntas de los techos y en los aleros.

Kim esta impresionada por la belleza del lugar; yo saco otras fotos y lentamente entramos al corredor y enfrentamos la entrada principal. Si bien se trata de un monumento a los caidos en una guerra, la construccion tiene la forma de un templo Budista, hay olor a incienso y la gente que se observa se mueve con reverencia.

Un guardia nos indica que debemos descalzarnos para entrar y asi lo hacemos. Comenzamos a caminar por un piso frio de marmol  y recien entonces veo la magnitud del recinto. Es como una inmensa catedral sin santos ni decoraciones. Al fondo, a manera de altar hay un gran busto de Ho Chi Minh contra un fondo rojo con la estrella de la bandera. Alredor hay grandes jarrones, coronas de flores, incienso encendido, unos grandes Budas y todo el recinto da el aspecto de un gran templo de oracion, mas que de homenaje. De hecho, un hombre camina junto a mi y en cuanto llega al altar se inclina y luego se arrodilla y ora. Yo miro las murallas del recinto, altas murallas de unos 10 o 15 metros de altura, todas de marmol y extra챰amente, el marmol rojo brilla con destellos dorados. La vista ya se ha habituado a esta luz tenue del interior y entonces me fijo mas lentamente en las murallas. Kim esta a unos metros, observa con admiracion el busto del Tio Ho, lee las inscripciones en las coronas de flores y se inclina tambien. Entonces le hago una se챰a y camina hacia mi en un costado.  En cuanto Kim esta a mi lado le tomo un brazo y con cuidado le digo que mire las murallas. Ella dirige los ojos hacia las inmenas paredes con destellos dorados y ambos vemos que los destellos no son brillos del marmol sino letras, letras doradas incrustadas en el marmol. Son nombres. Nombres de personas. Son los nombres de los combatientes muertos en la Guerra de Vietnam, las victimas de los bombardeos, la ocupacion, los fusilamientos y la barbarie. Yo intento contar los nombres de una placa. Calculo que en esa placa hay 200 nombres, por tanto en esa zona hay 2000 nombres y esa es una muestra peque챰a en ese costado. El numero de nombres en esa pared debe ser de unos cientos de miles. Posiblemente el total sera de unos millones. Millones de nombres, millones de personas.

Cuando Kim comprende la envergadura de la cantidad, me mira asustada, su expresion de alegria de la ma챰ana ha cambiado y mi amiga vietnamita se ve enfrentada por primera vez al numero de sus compatriotas muertos. Ya no son un numero; ahi estan los nombres, nombres de personas.

Le digo a Kim que se siente junto a las coronas que hay en un costado. Ella me mira angustiada, se sienta y yo veo que comienza a llorar en silencio. Al cabo de unos segundos su llanto es continuo, silencioso y de vez en cuando alza la mirada otra vez hacia las murallas. Una mujer entra la recinto y lleva dos vasos de agua para nosotros. Al parecer esta reaccion es comun en los visitantes y ya estan preparados para ayudar a superar estos minutos de conmocion. Despues de beber agua, Kim se levanta, me abraza lentamente y sigue llorando silenciosamente. Me mira con angustia y solo me dice: “ Son tantos...”

Volvemos al centro del recinto, yo saco unas fotos de Ho Chi Minh, las murallas, de Kim sentada y ella saca una mia junto a las coronas. Hacemos una reverencia ante el tio Ho y salimos por la puerta principal. Los guardias nos saludan y nos invitan a sentarnos un rato en uno de los corredores.  Kim se sienta junto a mi y ambos quedamos  en silencio, luego recorremos los corredores; las paredes son un inmenso, interminable mural de mosaicos mostrando la historia de Vietnam, la guerra, los muertos, el trabajo, los artistas, las mujeres, los abreros, los campesinos.

Pienso que las impresiones hasta ese momento son desbordantes. La lista de los muertos nos ha dejado helados; la certidumbre de los nombres.  Y aun no hemos visitado los tuneles. Queda aun la parte mas escalofriante de este inocente viaje de domingo en Vietnam del Sur.

Con un aspecto de desolacion y tristeza; con una actitud de peregrinaje cumplido pero con el alma en un hilo, salimos del Memorial a los Caidos y caminamos por un camino lateral, bordeamos los jardines y llegamos al puesto de informaciones.

Los Guardias nos explican que en unos instantes visitaremos los Tuneles. Llega un guardia especial que habla ingles y sera mi guia durante la visita.

El sol ya es abrasador. Pero junto al camino solo hay bosque, bosque interminable, selva vietnamita. Caminamos unos 200 metros con el guardia por el camino bajo el  sol y luego doblamos hacia el bosque. Otros guardias nos saludan y en un par de minutos el sol desaparece. Lentamente entramos al bosque; seguimos al guardia por un estrecho sendero en la selva. Estamos caminando ya sobre la red de laberintos de los tuneles de Cu Chi.

 

Siguiente: Los Tuneles del Infierno.

 

Marcos Medalla

 

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