miércoles, 8 de diciembre de 2004

Una propuesta de Ariel Dorfman

28 de Noviembre de 2004
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>       El perdón y los pingüinos
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>       Por Ariel Dorfman *
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>       Por sin -autor
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>         ¿Cómo podemos reparar el daño causado por la tortura?
>       Es la pregunta a la que, por fin, se enfrenta la sociedad
chilena a
>ra챠z del Informe sobre Prisi처n Pol챠tica y Tortura que una comisi처n
>investigadora encabezada por el obispo Valech acaba de entregar al
>presidente Ricardo Lagos. M찼s de catorce a챰os despu챕s de que Chile
retorn처
>a la democracia, un documento reconoce oficialmente, y de una vez por
>todas, los detalles de la aterradora y sistem찼tica crueldad que se
ejerci처
>sobre miles y miles de indefensos cuerpos chilenos durante la
dictadura
>(1973-1990) del general Augusto Pinochet.
>       No es la primera ocasión en que un relato de esta naturaleza
>estremece a mi pa챠s. Ya en 1991, otro informe (llamado Rettig, en
honor al
>abogado que encabez처 aquella investigaci처n) hab챠a narrado, en forma
maciza
>e inmisericorde, las desapariciones y ejecuciones que deshonraron a
Chile
>en el tiempo de Pinochet. Si bien el Informe Rettig escandaliz처 a los
>chilenos, denunciando el quebranto moral de la patria, tuvo una triste
>limitaci처n: s처lo se refer챠a a los muertos. Solamente a los que, por
>definici처n y para siempre, no pueden hablar.
>       ¿Y yo? clamaba Paulina Salas, la protagonista de La muerte y la
>doncella, la obra que, precisamente, escrib챠 en 1990 y que estrenamos
en
>Santiago en los d챠as en que apareci처 el Informe Rettig. 쩔Qui챕n me
escucha a
>m챠?, preguntaba la ficticia Paulina Salas y preguntaban tambi챕n las
>innumerables otras v챠ctimas demasiado reales que contaminaban con su
>silencio y su dolor el aire de Chile.
>       Esa historia de la aguja en los ojos, de la mierda en la boca,
de
>los electrodos en el pene y la vagina; esa historia del ni챰o
atormentado
>frente a la mam찼 y de la piel quemada y los huesos y los dedos y el
ano y
>la oscuridad; esa historia, como mi obra teatral misma, no ten챠a
cabida en
>el Chile que iniciaba una penosa transici처n a una democracia
imperfecta
>donde el general Pinochet todav챠a comandaba el ej챕rcito y sus secuaces
>dominaban el Senado y la Corte Suprema y la econom챠a.
>       Pero ahora, a fines del año 2004, llegó la hora de que hablen
los
>vivos y los apenas vivos y los plenamente sobrevivientes. Lleg처 la
hora de
>que todos sepamos en forma fehaciente lo que pas처 en el s처tano que se
>situaba a la vuelta de la esquina de nuestro trabajo, lo que pas처
detr찼s de
>las paredes de la casa por la que cruz찼bamos cada d챠a. Lleg처 la hora
de
>comprender el sufrimiento que sobrevino -y que sigue transcurriendo-
en el
>interior invisible de tantos compatriotas ofendidos y olvidados.
>       Y llegó la hora, por lo tanto, de preguntarse sobre la
reparaci처n.
>       Nada puede, sin duda, borrar el vejamen o la eterna
degradaci처n,
>pero ya el hecho de reconocer tales atropellos en forma p첬blica ayuda
a las
>v챠ctimas a sentir un comienzo de consuelo, tal vez un atisbo de
>reivindicaci처n, posiblemente reintegrarse a la comunidad mayor de un
Chile
>que los hab챠a excluido.
>       Igualmente crucial, me parece, es la reacción del comandante en
jefe
>del Ej챕rcito Chileno, general Juan Emilio Cheyre, que acept처 la
>responsabilidad de su instituci처n por el uso de la tortura
sistem찼tica. Su
>proclamaci처n de que tales abusos a los derechos humanos jam찼s pueden
>justificarse, ni siquiera invocando la seguridad nacional, es
>particularmente relevante en el mundo de hoy, donde ha recrudecido
>precisamente la tortura como un m챕todo de lucha en la "guerra" contra
el
>terrorismo. Es cierto que falta que las dem찼s ramas de las Fuerzas
Armadas
>de mi pa챠s lleven a cabo un reconocimiento similar. Y m찼s que cierto
que
>los civiles que sirvieron a la dictadura -como el hoy senador Sergio
>Fern찼ndez, otrora ministro del Interior de Pinochet que permiti처 que
miles
>de chilenos llegaran a los centros de tortura- se niegan
obstinadamente
>aadmitir que los militares s처lo pudieron actuar de esa manera inhumana
>porque recib챠an el apoyo cotidiano de much챠simos ciudadanos, sea en el
>gobierno, en la prensa, en el empresariado, en el Poder Judicial. Y
>dolorosamente cierto tambi챕n que demasiados compatriotas m챠os no
quieren
>recordar que nada hicieron para que tal plaga se detuviera, demasiados
los
>que todav챠a no est찼n dispuestos a auto-acusarse: 쩔Cu찼ndo supe yo que
se
>torturaba en Chile, en qu챕 momento, en qu챕 hora, cu찼l fecha
definitiva?
>쩔Cu찼ndo lo supe, en efecto, y qu챕 hice yo con ese saber, eso que no
era,
>despu챕s de todo, un secreto?
>       Debido a que aceptar la complicidad individual y colectiva en
el
>da챰o producido es un paso necesario, pero nunca suficiente, en la
b첬squeda
>del perd처n y el nunca m찼s, es que la sociedad chilena as챠 como el
Estado se
>hallan hoy explorando los mecanismos legales y financieros para
compensar a
>las v챠ctimas, discutiendo si se precisan gestos simb처licos o m찼s bien
>pecuniarios, si pensiones de gracia o auxilios m챕dicos o monumentos
>p첬blicos.
>       Aunque tal polémica me parece imprescindible, quisiera
proponer,
>adem찼s, una reparaci처n algo diferente, por mucho que haya quienes les
>parezca una sugerencia un poco extra챰a.
>       Por una rara coincidencia, el día mismo de noviembre en que el
>obispo Valech y sus comisionados estaban haciendo entrega de su
informe al
>presidente Lagos, ese preciso mi챕rcoles 10 de noviembre, me encontraba
yo
>de vacaciones en Algarrobo, una playa chilena que queda a unos cien
>kil처metros de Santiago. Una de las razones de esta visita al balneario
era
>para poder mostrarles a mis dos peque챰as nietas norteamericanas una
isla
>salvaje que yo hab챠a frecuentado en mi juventud. En un remoto verano
>esplendoroso -tendr챠a yo unos catorce a챰os- hab챠a remado varias veces
hasta
>esa isla con mis amigos y nos hab챠amos entretenido durante horas
>contemplando la vida, h찼bitos y amor챠os de un grupo de ping체inos, una
de
>las m첬ltiples maravillas de un oc챕ano que deslumbr처 en forma tan
permanente
>a un poeta como Pablo Neruda.
>       En este noviembre del 2004, sin embargo, no pude llegar hasta
mi
>isla encantada ni tampoco comunicarme con los ping체inos. Ni siquiera
me
>pude acercar con mis nietas.
>       Descubrí que un consorcio privado, la Cofradía Náutica del
Pac챠fico
>(formada en su gran mayor챠a por ex oficiales navales liderados
>originalmente por el almirante Merino, miembro de la Junta bajo cuyos
>auspicios se tortur처 en buques de la Armada Chilena), se hab챠a
apoderado de
>la punta de Algarrobo vecina a mi isla, a la que unieron a la costa
por
>medio de un muro de rocas. Lo que condujo a un doble desastre
ecol처gico:
>los ping체inos fueron exterminados por los roedores voraces que ahora
pod챠an
>cruzar hasta la pen챠nsula desprotegida, y la hermosa bah챠a de
Algarrobo ya
>no tuvo una salida natural hacia el mar para los deshechos humanos que
en
>este momento se revuelven y estancan en las aguas puras y feroces
donde yo
>sol챠a zambullirme de adolescente.
>       ¿Qué tiene que ver este asalto a la naturaleza y a los
ping체inos con
>el Informe sobre la Tortura?
>       No es ésta la única vez en que, retornado del exilio, encontré
que
>los militares hab챠an sustra챠do de la tierra com첬n de la patria un
pedazo de
>Chile al que ten챠a yo libre y pr챠stino acceso a챰os atr찼s. He tenido
>id챕ntica experiencia en la cordillera cercana a Santiago. Y en los
bosques
>profundos del sur de Chile. Y en una playa en Pisagua, en el norte del
>pa챠s. Interminablemente me topo con la pesadilla de una reja y
alambradas y
>guardias que me advierten que esa comarca del territorio nacional ya
no me
>pertenece a m챠 o a los otros millones de chilenos, sino que a una
>reducid챠sima caterva de militares o ex uniformados.
>       Ellos se apropiaron de esos bienes y terrenos que eran públicos
>debido a que nadie se atrevi처 a protestar por lo que habr챠a que
calificar
>de robo, secuestro, desaparici처n. Puesto que ah챠 estaban tan pr처ximos,
tan
>listos, los altillos y las picanas y los chacales y los simulacros de
>fusilamientos. Puesto que ah챠 estaba tan cerca el terror.
>       ¿Cómo reparar el daño a un país torturado?
>       He aquí una manera clara, contundente, irrevocable, de mostrar
>verdadero arrepentimiento y buscar una reconciliaci처n que no sea
meramente
>ret처rica: Que nos devuelvan la costa, los 찼rboles, las monta챰as que se
>llevaron y que ahora esconden.
>       Yo les voy a creer a los que dicen que les duele lo que pasó en
>Chile el d챠a en que los ping체inos puedan retornar a su isla m찼gica y
tanto
>militares como civiles podamos ba챰arnos juntos en el mar nuevamente
limpio
>de mi pa챠s amanecido.
>       * Escritor chileno. Su último libro es Memorias del Desierto.
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